En la escuela, durante las clases de lengua, intentaban dejarnos claro la diferencia que había entre Regla y Norma. Y si bien se nos decía que debíamos hablar bien, conforme a la RAE, también se nos explicaba que la masa de los hablantes éramos muy libres de producir lenguaje, de crear riqueza semántica, e inventar giros y palabras
.Muchas son las voces que acaban en –miento que coinciden con la primera personas del singular del verbo Mentir, de modo que, en ocasiones, dicho sufijo recuerda al entendimiento y al pensamiento que pueden estar engañando al sujeto, y si alguien en esto viera cierta desconfianza hacia lo racional al estilo de Pascal y de los poetas románticos, no crean que mejor parado sale el sentimiento del arrepentimiento. Claro que, en ocasiones, nada nos dice del pimiento y mucho en el Ayuntamiento, con o sin nuestro consentimiento. Y si los más de ustedes, vieran en todo esto un mero juego lingüístico, atiendan cómo del jurar se sigue juramento, y en cambio del prometer viene promesa y no prometimiento, pues se incurriría en una de esas paradojas, dado que la propia palabra del prometer, confesaría que se está mintiendo.
Sea entonces que acuño la palabra de Prometimiento para aquella clase de promesas que al ser enunciadas por el emisor son entendidas por el receptor y por el conjunto de interlocutores como auténticas mentiras enunciadas bajo la fórmula de promesa, sin la menor intención de ser cumplida por parte de quien la realiza, ni la menor esperanza de ver su cumplimiento por quien las escucha. Fenómeno que tiene su mejor caldo de cultivo durante los períodos electorales en los que políticos, medios de comunicación y ciudadanía, dan al traste con la función y finalidad aparente del lenguaje, cual es la de comunicarse, para darle todo su esplendor en su primigenia función, que no es otra que la de engañar. Todo cuanto se dice en los programas políticos a cuanto se promete en los mítines, y demás fórmulas que nos hablen de futuro para mejorar nuestras vidas gracias a los esfuerzos de otros, les diremos entonces Prometimientos electorales sin el menor sonrojo de estar trasgrediendo regla o norma alguna, como un niño que dice Abrido, Murido, Cabido, pues además, esclarecemos ese pensamiento lógico y ese entendimiento racional que a veces se deja engañar con las palabras promesa y mentira tan bien diferenciadas en el diccionario, y tan juntitas en la realidad. En la escuela, durante las clases de lengua, intentaban dejarnos claro la diferencia que había entre Regla y Norma. Y si bien se nos decía que debíamos hablar bien, conforme a la RAE, también se nos explicaba que la masa de los hablantes éramos muy libres de producir lenguaje, de crear riqueza semántica, e inventar giros y palabras.
Muchas son las voces que acaban en –miento que coinciden con la primeras personas del singular del verbo Mentir, de modo que, en ocasiones, dicho sufijo recuerda al entendimiento y al pensamiento que pueden estar engañando al sujeto, y si alguien en esto viera cierta desconfianza hacia lo racional al estilo de Pascal y de los poetas románticos, no crean que mejor parado sale el sentimiento del arrepentimiento. Claro que, en ocasiones, nada nos dice del pimiento y mucho en el Ayuntamiento, con o sin nuestro consentimiento. Y si los más de ustedes, vieran en todo esto un mero juego lingüístico, atiendan cómo del jurar se sigue juramento, y en cambio del prometer viene promesa y no prometimiento, pues se incurriría en una de esas paradojas, dado que la propia palabra del prometer, confesaría que se está mintiendo.
Sea entonces que acuño la palabra de Prometimiento para aquella clase de promesas que al ser enunciadas por el emisor son entendidas por el receptor y por el conjunto de interlocutores como auténticas mentiras enunciadas bajo la fórmula de promesa, sin la menor intención de ser cumplida por parte de quien la realiza, ni la menor esperanza de ver su cumplimiento por quien las escucha. Fenómeno que tiene su mejor caldo de cultivo durante los períodos electorales en los que políticos, medios de comunicación y ciudadanía, dan al traste con la función y finalidad aparente del lenguaje, cual es la de comunicarse, para darle todo su esplendor en su primigenia función, que no es otra que la de engañar. Todo cuanto se dice en los programas políticos a cuanto se promete en los mítines, y demás fórmulas que nos hablen de futuro para mejorar nuestras vidas gracias a los esfuerzos de otros, les diremos entonces Prometimientos electorales sin el menor sonrojo de estar trasgrediendo regla o norma alguna, como un niño que dice Abrido, Murido, Cabido, pues además, esclarecemos ese pensamiento lógico y ese entendimiento racional que a veces se deja engañar con las palabras promesa y mentira tan bien diferenciadas en el diccionario, y tan juntitas en la realidad.
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