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Lun
12
Feb '07

Diamantes de sangre. Bravo por Hollywood: sí se puede.

¡Atención! Este artículo puede contener spoilers, escenas no vistas o incluso no grabadas. República Bufa no le cuenta la película. Si quiere verla: véala, no nos sea vago. ¿Y si ya la ha visto para qué nos lee? Si no ha sido usted capaz de formarse una opinión propia sobre la cinta no espere que nosotros le prestemos la nuestra. No a la piratería intelectual: por la privatización de cerebros.

Resulta un gran adelanto el que al fin Hollywood haya decidido hacer películas comprometidas sobre la injusticia fiscal global y que haya aprendido que una película puede ser taquillera sin la necesidad de protagonistas de una belleza inmaculada o pechos turgentes.

La crudeza de la vida en un continente en constante conflicto no se nos describe con constantes, machaconas e inecesarias escenas de violencia encadenada al modo “no comment” del telediario de los noventa. No cae en la vulgaridad del “todo lo malo le ocurre al secundario”. No señor, en un alarde de intrepidez, la película nos muestra a un protagonista que haría las decilicias de la mujer de Millán Astray (manga corta, pantalón pirata y ojo idem), frente a él: un feo feísimo Di Caprio que pronto se hace odiar por el espectador (sobre todo por su imparable coletilla “ah-ah”, que el doblaje recrea a las mil maravillas). Un diez a su interpretación.

La película lo tiene todo, hasta una periodista progre y sexualmente inactiva en busca de un reportaje –o en su defecto de un buen negro en la cama- que, como se intuye desde el comienzo de la película y ésta no defrauda en su trama, traerá consigo un lamentable final. Antes de publicarlo la periodista será despedida… por una ventana de un vigésimo piso en Manhattan.

Para abundar en el realismo, el hijo del protagonista (del negro, decimos), captado cual pionero por los rebeldes locales, convertido en asesino y adorador del rap y las teles de plasma juega un papel esencial cuando al recuperar la piedra apunta con su pistola a los dos protagonistas (el negro y la minoría étnica, decimos), hace oídos sordos al discurso emotivo con el que su padre pretende frenarlo y les suelta cuatro, cinco, seis tiros. Por suerte, acostumbrado a las armas largas y a disparar con los ojos bendados no consigue acertar ni una vez. Eso sí, termina la escena con la que pronto se convertirá en frase de moda en todo Occidente: “¡Cállate, papá!”.

Sin duda la mejor escena de toda la película y que cierra con broche de oro (en este caso de diamantes) se desarrolla precisamente al final de ésta. Cuando el pescador africano acude a la cumbre del G-8 a declarar como testigo en la trama de los trapicheos del tráfico de estas piedritas en el mundo. La inverosímil escena se torna en comprensible cuando éste, antes de comenzar a hablar, busca en el bolsillo de su impecable traje (ropa que nunca antes había vestido) y en el momento en que todos piensan que mostrará su diamante al mundo –o en su defecto, su largo pene- extrae un detonador y vuela la sede con los principales dirigentes del Nuevo Nuevo Nuevo Nuevo Orden Internacional (como todo en el neoliberalismo: nuevo, con 0% de materia grasa y un 10% menos de azúcar).

Destacaremos del filme su valentía al tratar un tema de plenísima actualidad (se desarrolla en el año 99, explica que el conflicto de los diamantes se cerró en 2003 pero termina tranquilizando al público con un “no se preocupen, que aún hay más” para dejar abierta la posibilidad de la secuela) incidiendo en los principales males del mundo que se ven perfectamente reflejados y descritos para el público inconsciente (inconsciente, eso sí, por las dos horas y pico que dura la película).

La forma de ligar conflictos aparentemente inconexos y ajenos a nosotros, como el mercado asesino de diamantes en África, con la privatización de otros elementos mucho más próximos y cuya privatización y mal uso resulta inconcebible e incomprensible por el ciudado europeo tipo. Hablamos, por ejemplo, de recursos tan fundamentales como el agua. Esperamos una pronta secuela con la lucha por el agua como tema principal y que será interpretada por ciudadanos de todo el mundo con un realismo no apto para cardíacos.

La película logra sin duda concienciar a los espectadores: la próxima vez que compre un diamante, pediré que me digan de dónde viene. Dicho esto, termino mi coca-cola, me pongo mis adidas y voy a la Caixa a sacar mil duros para “invitar” a la niñita dominicana que hay en el club de abajo.

Recuerden vitaminarse, mineralizarse y no piratear pelis: que son todas de Lito y luego se enfada.